.....Del que llega a España
Mi “aitxitxa” , abuelo en euskera, realizo 104 viajes durante 26 años, sufrió un atentado que casi le cuesta la vida y murió encamado. Os hablo de mi abuelo el <cooficial>, los biológicos (tanto el de la madre como el de mi padre) fallecieron cuando mis progenitores eran jóvenes.
Era una gozada; nos mirábamos a los ojos, me quedaba callado y disfrutaba escuchándola hablar. Si los jóvenes de hoy en día comprendiesen los beneficios que nos aporta el hablar con personas sabias (debido, en su mayoría, a la experiencia adquirida) y experimentadas, otro gallo cantaría). Podría hablar de cualquier abuela, pero estoy haciendo referencia a la mía, a la “amuma” Mari (madre de mi ama). Imposibilitada en una silla de ruedas como estaba, me invitaba a sentarme a su lado y charlábamos de unas cosas y de otras, de la Guerra Civil y de la paz.
Tendría cinco o seis añitos, un polluelo para entender, todavía, aquello que me rodeaba. Me remonto a los años en los que no existía ni el Gran Hermano ni el Supervivientes . Los domingos se encendía la caja tonta y me tocaba ver la misa apostólica (generalmente la de ETB , en Euskera, y en ocasiones especiales la que solían emitir los de TVE2). De mi abuela a la TV, del receptor de imágenes y sonidos a mi abuela; la mirada se me desplazaba embelesada. Agradecía todo lo que alegraba a nuestra “Marraixuneko txikiña” y era ese motivo por el que me caía especialmente bien el señor del gorrito blanco (la amama me hizo creer, además, que era mi abuelo!). Lo veía bendiciendo a los enfermos y besando a los niños que le acercaban a su regazo. Llegue a pensar que era el mejor oficio del mundo (que sin duda, lo es) e hice saber a los de casa que sería Papa.
Crecí y cambio mi forma de pensar. Empecé a ver películas sobre el antiguo Egipto y estas me animaron a ser arqueólogo. No pudo ser y así fue. Mi padre logro cambiarme de opinión rápidamente; decía que estaba todo descubierto y que encontraría solo arena en el desierto. Después llegaron los años en los que me aficione a los lanzamientos espaciales y en los que solo tenía lo de ser astronauta en mente (al final, el desastre del Challanger me acojono y concluí que era más seguro viajar con la imaginación). He conseguido licenciarme en periodismo pero viendo como esta la cosa vete a saber donde acabaré. Por lo menos, todo lo que he querido ser en mi vida tiene una cosa en común: las ganas de descubrir (el Papa quiere descubrir a Dios, el arqueólogo sueña con descubrir secretos y tesoros sepultados, el periodista va en busca de la verdad). Diferentes oficios, una sola misión.
Ratzinger contemplando a su pueblo
Resuenan las campanas. Son las doce de la mañana en el Vaticano. La multitud, turistas en su mayoría, se agolpa en la explanada de San Pedro. Le esperan a él, al que está dentro. Se levanta de su butaca, bañada en oro, estilo Luis XV y se asoma a la ventana con curiosidad. <Ha venido mucha gente>, dice.










